El espejismo de las montañas
Para el habitante de la ciudad, la ganadería extensiva es una postal idílica: vacas Pirenaicas u ovejas Latxas pastando libremente en las cumbres de Aralar o el Valle de Erro. Es la imagen de la armonía ecosistémica. Sin embargo, tras este espejismo se esconde una realidad técnica y burocrática asfixiante. Bajo el enfoque global de «One Health» (Una Sola Salud), que vincula la sanidad animal, humana y ambiental, el modelo extensivo debería ser la joya de la corona. Paradójicamente, nos encontramos ante una pregunta inquietante: ¿estamos diseñando normativas de bienestar animal tan rígidas y descontextualizadas que, en nuestro afán por proteger al individuo, estamos condenando a la extinción al sistema que mejor garantiza la salud del planeta?
La paradoja burocrática: Cuando el papel pesa más que el ganado
La gestión de una explotación ganadera hoy es, ante todo, un ejercicio de resistencia administrativa. Los datos del estudio realizado en Navarra son taxativos: el 100% de los ganaderos percibe un aumento abrumador de la carga burocrática. Esta saturación de registros y trámites electrónicos desplaza la labor fundamental del productor: la observación directa. Como bien sintetiza un testimonio del sector: «Paso más tiempo rellenando papeles que mirando el ganado». En un modelo donde el bienestar real depende del «ojo del amo» para detectar una cojera o un parto difícil en el monte, cada hora dedicada a la gestión documental es una hora que se le roba a la vigilancia del bienestar animal.

Normas de laboratorio para un mundo salvaje
El conflicto nace de un sesgo legislativo: la mayoría de las normas vigentes (como el RD 348/2000 o el reciente RD 1053/2022) han sido diseñadas bajo la lógica de los sistemas intensivos, donde el entorno es controlado y los «indicadores basados en recursos» (metros cuadrados, ventilación mecánica) son fáciles de medir. Al aplicar este esquema al pastoreo de montaña, surgen desajustes críticos:
La inviabilidad del lazareto: La exigencia de contar con instalaciones de aislamiento para animales enfermos resulta impracticable en áreas como Urbasa-Andía, donde el ganado se desplaza por terrenos comunales a kilómetros de cualquier estructura fija.
Vigilancia diaria individualizada: Mientras que en un establo es sencillo revisar cada animal, en la orografía escarpada del Pirineo navarro, una inspección individualizada cada 24 horas es física y económicamente inasumible.
Indicadores de recurso vs. Realidad: La normativa se obsesiona con la arquitectura del establo (suelos, techos), ignorando que en el modelo extensivo el bienestar se mide por el acceso a pastos de calidad y la libertad de movimiento, factores que no encajan en un formulario estándar.
Más que carne: El valor de los «bomberos con pezuñas»
La ganadería extensiva es una herramienta estratégica para alcanzar el ODS 15 (Vida de Ecosistemas Terrestres) y el ODS 12 (Producción y Consumo Responsable). El Plan de Apoyo de Castilla y León para 2026, con una dotación de 10 millones de euros, no es solo una ayuda económica; es un reconocimiento a estos animales como «bomberos con pezuñas» que previenen incendios forestales.
Para que este modelo sea viable, la inversión debe ser ambiciosa. Más allá de los 10 millones previstos, la magnitud del reto se observa en cifras como los 16,3 millones de euros destinados específicamente a la incorporación de jóvenes en ganadería extensiva en las últimas convocatorias. Este apoyo es vital para financiar infraestructuras de bioseguridad en el medio natural, tales como balsas de agua comunitarias y vados sanitarios, esenciales para proteger a las cabañas en entornos abiertos.
El Bienestar Animal: De las «Cinco Libertades» al estado emocional
El concepto científico de bienestar ha evolucionado desde el Informe Brambell (1965) hacia el Modelo de los Cinco Dominios de Mellor (2017). El cambio es radical: ya no solo evaluamos si el animal tiene comida o refugio (recursos), sino cómo se siente (estado mental). Esta transición hacia «indicadores basados en el animal» favorece intrínsecamente al modelo extensivo, pues es en libertad donde el ganado puede expresar su comportamiento innato. Como señala la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA):
«Un animal experimenta un buen nivel de bienestar animal si está sano, cómodo, bien alimentado, puede expresar su comportamiento innato y no sufre estados desagradables de dolor, miedo o desasosiego».

Amenazas invisibles: El cambio climático y la fauna silvestre
El bienestar en extensivo enfrenta retos que ninguna ley de establo puede mitigar. El cambio climático ha alterado la dinámica de vectores como el género Culicoides, responsable de la expansión de la Enfermedad Hemorrágica Epizoótica (EHE) y la Lengua Azul hacia el norte. Asimismo, el aumento de temperaturas y humedad favorece la propagación de parásitos como Fasciola hepatica, cuyo ciclo depende del caracol Lymnaea en zonas húmedas de montaña.
A esto se suma la «dimensión social del bienestar»: el conflicto con el uso recreativo del monte. El turismo masificado en zonas ganaderas genera un estrés constante (perros sueltos, portillos abiertos, interferencia en el pastoreo) que afecta el estado emocional del animal. Es un factor externo que la normativa actual, centrada en infraestructuras, ignora por completo.
El nuevo cayado: GPS y digitalización en el monte
La tecnología debe ser el aliado, no la condena. Frente a la automatización de las granjas industriales, el ganadero extensivo adopta el «nuevo cayado»: collares inteligentes y geolocalización GPS. Estos sistemas son hoy una necesidad para cumplir con la vigilancia legal en grandes superficies, pero suponen una inversión difícil de asumir para pequeñas ganaderías familiares. La digitalización debe servir para simplificar la vida del ganadero, permitiendo una monitorización sanitaria que reduzca la carga física sin sustituir el valor del manejo tradicional.
Conclusión: Un horizonte por definir
La soberanía alimentaria y la salud de nuestros paisajes dependen de una normativa diferenciada y flexible. Nuestras razas autóctonas, como la Pirenaica y la Latxa, son reservorios genéticos adaptados a siglos de desafíos ambientales. No podemos permitir que una rigidez administrativa desproporcionada, basada en indicadores de despacho, las empuje al abandono.
La pregunta que nos queda como sociedad es profunda: ¿Estamos dispuestos a pagar el precio de perder la ganadería que cuida de nuestros ecosistemas y previene nuestros incendios a cambio de una burocracia que solo entiende de hormigón y registros?
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